miércoles, 28 de diciembre de 2016







No me fío ni de mi sombra. Y hago bien, pues hasta ella se va cuando el tiempo deja de ser cálido.
Es posible que mis ojos puedan albergar algo más que tristeza y desconfianza.
Pero no va a ser hoy. Quizás mañana.
Tengo mil escritos guardados en un cajón por no ser nunca lo suficientemente buenos (y por eso no desentono en mi cuarto). Qué esperabais de un alma rota que trata de recomponerse con cada abrazo, desesperada por encontrar las pestañas que se le cayeron para recuperar las oportunidades de deseos tirados.
El somier de mi cama ya no aguanta el peso de los sueños rotos y en el aire flota la nostalgia de aquellos dientes de león que desaparecieron volando con la promesa muda de la esperanza.
Pero, habiéndolos arrancado del suelo, ¿qué deseo van a concederte?.
Y quizás por eso yo me agacho despacito para susurrarles lo que necesito.
Aunque nunca me escuchen. Aunque siempre me ignoren.

Cuando la frase que te de las buenas noches esté ausente y lo único que oigas sea un "Me quiero morir" de fondo, entonces, podrás juzgarme.
No entienden que me derrumbe por las cosas más insignificantes, no entienden que, en realidad, lloro por las pequeñas cosas porque estoy soportando el peso de las grandes.
¿Y si todo a tu alrededor fuese oscuridad?

Sabía que no iba a mejorar, pero no me paré a pensar en que podía empeorar.



 



viernes, 16 de diciembre de 2016



Siendo sinceros, soy todos los complejos que me estallan en los lagrimales cuando me miro a un espejo. Las ruinas que nadie podrá reconstruir jamás. 
Que no se verme sin odiarme, ni vestirme sin llorar.
Sálvame, necesito que me agarres. Vienen curvas y yo sólo llevo puesto en el pantalón el cinturón de inseguridad, que siempre consigue herirme un poquito más. 

Quiero decir que algo que está completamente roto, puede llegar a convertirse en polvo; y lo mismo pasa con las personas. 
Sopla, me estoy a punto de evaporar.
Soy 99% defectos y el porcentaje restante se resume en miedo. Si te atreves a mirar y a juzgar, no hace falta que dispares... seré yo misma quien apriete el gatillo, no me hace daño una bala más.
90 caídas, 60 espinas, 90 heridas. 

Quiero que esta pesadilla acabe ya. Yo sólo necesito ser normal. Quiero que las heridas cicatricen, en vez de sangrar.
Ser libre, no vivir atada al reflejo que me escupe el puto espejo cada mañana.
Ana ya se ha ido, ahora es Mía la que está conmigo. Dice que somos amigas y que no me va a abandonar. 

Última llamada de auxilio: tenemos que parar esto, no pronto, sino ya.

viernes, 9 de diciembre de 2016





He vuelto.
He vuelto con la apariencia de frágil, y solo estaba siendo zorra ágil, que se relame con calma los dedos.
La paciencia es una virtud que se adquiere por agotamiento, y yo ya no estoy dispuesta a que una aguja marque la hora, para saber cual es el momento.
Ahora, ya no soy la que añora la experiencia dolora, la que implora quitarse un peso y devora con ansia un beso con la sensación traidora de que aquello es amor.
He vuelto por que no quiero ser la última, aunque ría mejor. Me limo la lengua. Ya no suprimo, ni reprimo un gemido y me reanimo en una maniobra de emergencia. Vanidad en efervescencia , 
drogodependencia del ego que acaba en decadencia de conciencia, de una generación que ya no es capaz de creer en el amor. 
Vuelvo para escupir la bala, respira e inspira, exhala.
Porque la peor bala no sale cuando aprietas el gatillo, si no la que duerme enfriándote la sien.