domingo, 27 de noviembre de 2016



Hacía tiempo que mis manos no se movían de esta manera, de la manera en la que bailan cuando escribo.
Hacía tiempo que las cosas no estaban tan mal.
Una hija de psiquiátrico y, ¿mis padres? Mis padres a días, unos haciéndome sentir la mayor bazofia sobre la faz de la tierra y otros dándome fuerza.

Ambiguedad.


Y vuelvo a llorar desconsolada, con el corazón hecho trizas al pensar en cómo podrían haber sido las cosas de haber escogido otros caminos, con menos gritos y más risas, con menos nervios y más esperanza. 


Quizás hoy os cuente un secreto.
Quizás hoy os diga, muy bajito, que me he intentado despedir de este mundo varias veces. 

Aunque lo cierto es que siempre me pareció egoísta ese tipo de despedida, y yo desde niña me he considerado generosa.
Quizás no podría soportar el dejar más rota a esta familia de lo que ya está y huir del desastre con las manos llenas de sangre. 


Me da igual si me creéis o no.
No tenéis ni idea de lo que os hablo.
No entendéis si quiera un pedazo de lo que os escribo.
No intento convencer a nadie con mi tristeza.



Tan solo estoy dejando mi testimonio en uno de esos días que desaparecería del mundo.

sábado, 26 de noviembre de 2016






Es absolutamente necesario suicidarse cada cierto tiempo.
Huir de uno mismo,
perderse,
levitar,
ayunar,
sentir el cuerpo vacío, dolorido.
Mudar la piel,
beber,
vomitar,
tocar fondo para después no recordar nada.

Estar ausente de todo.
Para después, aferrarse de nuevo a la vida. Reencontrarse.
Vestir colores pastel,m andar a paso ligero y sonreir a todo el mundo cuando te saludan.

- ¿ Qué tal estás, preciosa?
- Jodidamente bien, gracias.

sábado, 19 de noviembre de 2016



Cuánto han cambiado las cosas desde aquel día en el que me senté aquí a llorarle a los obstáculos. Sigo llorando a veces, pero no tanto. Se encargaron de decirme que nada se consigue con lágrimas, y de que una sonrisa es capaz de destruir rocas. He cambiado mucho, o eso me dicen, por lo menos dejé de entretenerme contando las espinas de las rosas. Hoy estoy sentada en el anden del metro, sin nada más que hacer que mirar a mi alrededor. Aunque parezca absurdo, la mayoría de veces no tenemos tiempo de mirar aquello que nos rodea, somos personas ocupadas al parecer. La cosa es, cuando te tomas un poco de tiempo para simplemente pararte, te das cuenta de las cosas. De que todo puede cambiar en cuestión de un segundo, de que muchas veces eres tú la que se ha vuelto más cabrona con los años, no la vida, de que la velocidad del tiempo la tienes tú, y solo tú decides cuándo pararlo o ponerlo en marcha. Veréis, el señor mayor que tengo al lado tiene la cara repleta de cicatrices, seguramente a causa de la guerra, y el chico de mi izquierda, demasiado joven para llevar un bebé en sus brazos luce un uniforme de trabajo con el que podrá mantener a su criatura. ¿Y yo? Yo ya no lloro. No, porque si el anciano de mi derecha o el adolescente de mi izquierda se hubiesen quedado llorando en vez de haber luchado, ¿dónde estarían esos héroes no reconocidos?. Así que aquí estoy, sentada esperando el metro, con ganas de lucir la sonrisa que ya no finjo, y demostrar que tengo más fuerza en mi interior de la que he mostrado últimamente. Todos tenemos luchas en nuestra vida, yo voy a pelear la mía. Espero que peleéis la vuestra.
Suerte.