sábado, 11 de marzo de 2017

 
 
Hoy ni siquiera yo me aguanto.
Necesito un abrazo. 
Ojalá volver a ser tan cobarde como para no ser capaz de reconocerlo, o tan valiente como para no necesitarlo. 
Me he metido en la ducha y he abierto el agua caliente al máximo. No sé si dolía más el calor o la presión. He disfrutado mientras se me enrojecía la piel y he decidido etiquetar a esa sensación como "autolesión sana". Más o menos como escribir, pero no implica pensar. Me gusta. He parado a tiempo, por supuesto. 
Necesito un abrazo. 
Jamás pensé que enlazaría esas dos palabras: necesitar (miedo) y abrazo (debilidad). Debilidad y miedo. Todo lo que nunca jamás quiero ser. Pero sí. 
(Al llegar aquí he roto al llorar. Lo necesitaba. Todos necesitamos hacerlo alguna vez. Llorar y secarse las lágrimas es hacerse mayor. No intentar evitar las emociones es de valientes. Repítetelo delante del espejo las veces que hagan falta. Hasta que te lo creas)
Volvamos al tema. Quizás el error está en la asociación de conceptos. Necesitar no es de cobardes. Cuando te abrazan tú también abrazas. En las relaciones humanas recibes, pero también das. Das. Mentalizate de ello. Recuérdalo incluso en los días que sientas que no puedes ser nada bueno. En los que sientas que nada puede salir bien. En los que te consideres tan, tan insignificante como para no poder cambiar ningún mundo, el de nadie. Días de "ojalá desapareciera y todo esto fuera como si yo nunca hubiese pasado". Seguramente sería así, pero eso nos pasa a todos y no pasa nada. Somos prescindibles y tampoco pasa nada. Sabemos llorar un poco, pero siempre encontramos las fuerzas para sonreír, aunque sólo sea por la suerte que tenemos por el simple hecho de existir: sonríe. 
Me estoy desbordando de emociones. Buenas y malas. Y no quiero frenar, me da miedo frenar. Me da tanto miedo el bloqueo como el naufragio; me asustan las alturas y no ser capaz de salir del agujero. Me da pánico el mundo y me doy pánico yo. 
Supongo que no tenía que haberme permitido el lujo de quedarme encerrada con mis pensamientos, pero es que hoy no me apetecía ser cordial con nadie.

miércoles, 4 de enero de 2017





Tenías razón, no le convengo a nadie.

Creía ser oxigeno y solo fui gas robándole espacio al aire en una casa familiar cerrada.
Creí ser parte de un todo, y en realidad era la nada.
Resulté ser agua helada, pegada a los labios de un muerto de sed.

Tenías razón cuando decías que escribir así jamás me permitiría ser feliz.

Me ha costado tanto aprender que a veces correr no implica llegar antes, no entendía que la vida tiene una etiqueta en la que pone: respira hondo, aquí va otro golpe.

Ahora, miro al cielo portando diamantes cada vez que el sol quiere regalarme alguno de sus soplos de luz.

Observo el horizonte y llego a la conclusión de qué tenías razón en todo.
 Eres demasiado complicada, 
decías,
Y yo me sentía como un cubo de rubik en manos de un daltónico.
Como si fuera el grito de un afónico cuando está ahogándose a la deriva y un barco lo esquiva.

Soy alma compulsiva que cuando encuentra un corazón intenta ser algodón en una piel rasgada por una vida abrasiva.

Porque es fácil convivir con la pena, la tristeza se adhiere a ti como una blusa mojada.
Lo díficil es vivir en la alegría, ser el que confía, contener la respiración en ese maldito momento donde sientes que si tuvieras que morir y elegir cuándo has cometido tu misión en la vida elegirías, sin dudar, ese día.

miércoles, 28 de diciembre de 2016







No me fío ni de mi sombra. Y hago bien, pues hasta ella se va cuando el tiempo deja de ser cálido.
Es posible que mis ojos puedan albergar algo más que tristeza y desconfianza.
Pero no va a ser hoy. Quizás mañana.
Tengo mil escritos guardados en un cajón por no ser nunca lo suficientemente buenos (y por eso no desentono en mi cuarto). Qué esperabais de un alma rota que trata de recomponerse con cada abrazo, desesperada por encontrar las pestañas que se le cayeron para recuperar las oportunidades de deseos tirados.
El somier de mi cama ya no aguanta el peso de los sueños rotos y en el aire flota la nostalgia de aquellos dientes de león que desaparecieron volando con la promesa muda de la esperanza.
Pero, habiéndolos arrancado del suelo, ¿qué deseo van a concederte?.
Y quizás por eso yo me agacho despacito para susurrarles lo que necesito.
Aunque nunca me escuchen. Aunque siempre me ignoren.

Cuando la frase que te de las buenas noches esté ausente y lo único que oigas sea un "Me quiero morir" de fondo, entonces, podrás juzgarme.
No entienden que me derrumbe por las cosas más insignificantes, no entienden que, en realidad, lloro por las pequeñas cosas porque estoy soportando el peso de las grandes.
¿Y si todo a tu alrededor fuese oscuridad?

Sabía que no iba a mejorar, pero no me paré a pensar en que podía empeorar.



 



viernes, 16 de diciembre de 2016



Siendo sinceros, soy todos los complejos que me estallan en los lagrimales cuando me miro a un espejo. Las ruinas que nadie podrá reconstruir jamás. 
Que no se verme sin odiarme, ni vestirme sin llorar.
Sálvame, necesito que me agarres. Vienen curvas y yo sólo llevo puesto en el pantalón el cinturón de inseguridad, que siempre consigue herirme un poquito más. 

Quiero decir que algo que está completamente roto, puede llegar a convertirse en polvo; y lo mismo pasa con las personas. 
Sopla, me estoy a punto de evaporar.
Soy 99% defectos y el porcentaje restante se resume en miedo. Si te atreves a mirar y a juzgar, no hace falta que dispares... seré yo misma quien apriete el gatillo, no me hace daño una bala más.
90 caídas, 60 espinas, 90 heridas. 

Quiero que esta pesadilla acabe ya. Yo sólo necesito ser normal. Quiero que las heridas cicatricen, en vez de sangrar.
Ser libre, no vivir atada al reflejo que me escupe el puto espejo cada mañana.
Ana ya se ha ido, ahora es Mía la que está conmigo. Dice que somos amigas y que no me va a abandonar. 

Última llamada de auxilio: tenemos que parar esto, no pronto, sino ya.

viernes, 9 de diciembre de 2016





He vuelto.
He vuelto con la apariencia de frágil, y solo estaba siendo zorra ágil, que se relame con calma los dedos.
La paciencia es una virtud que se adquiere por agotamiento, y yo ya no estoy dispuesta a que una aguja marque la hora, para saber cual es el momento.
Ahora, ya no soy la que añora la experiencia dolora, la que implora quitarse un peso y devora con ansia un beso con la sensación traidora de que aquello es amor.
He vuelto por que no quiero ser la última, aunque ría mejor. Me limo la lengua. Ya no suprimo, ni reprimo un gemido y me reanimo en una maniobra de emergencia. Vanidad en efervescencia , 
drogodependencia del ego que acaba en decadencia de conciencia, de una generación que ya no es capaz de creer en el amor. 
Vuelvo para escupir la bala, respira e inspira, exhala.
Porque la peor bala no sale cuando aprietas el gatillo, si no la que duerme enfriándote la sien.

domingo, 27 de noviembre de 2016



Hacía tiempo que mis manos no se movían de esta manera, de la manera en la que bailan cuando escribo.
Hacía tiempo que las cosas no estaban tan mal.
Una hija de psiquiátrico y, ¿mis padres? Mis padres a días, unos haciéndome sentir la mayor bazofia sobre la faz de la tierra y otros dándome fuerza.

Ambiguedad.


Y vuelvo a llorar desconsolada, con el corazón hecho trizas al pensar en cómo podrían haber sido las cosas de haber escogido otros caminos, con menos gritos y más risas, con menos nervios y más esperanza. 


Quizás hoy os cuente un secreto.
Quizás hoy os diga, muy bajito, que me he intentado despedir de este mundo varias veces. 

Aunque lo cierto es que siempre me pareció egoísta ese tipo de despedida, y yo desde niña me he considerado generosa.
Quizás no podría soportar el dejar más rota a esta familia de lo que ya está y huir del desastre con las manos llenas de sangre. 


Me da igual si me creéis o no.
No tenéis ni idea de lo que os hablo.
No entendéis si quiera un pedazo de lo que os escribo.
No intento convencer a nadie con mi tristeza.



Tan solo estoy dejando mi testimonio en uno de esos días que desaparecería del mundo.